Desconectar de la pantalla.

DESCONECTAR DE LA PANTALLA

Hoy te quiero contar una experiencia que tuve ganas de desconectar de la pantalla porque la pantalla rompe las relaciones del cara a cara. 

¡Como ha cambiado la forma de relacionarnos!

Os voy a contar lo que me ocurrió el otro día y como el antropólogo que llevo dentro no puede apartar la mirada en situaciones en las que supuestamente no tendríamos que observar como antropólogas sino como personas que estamos en una reunión con nuestros amigos y punto.

DESCONECTAR DE LA PANTALLA EN LA REUNIÓN

Me encontraba en una reunión en casa de unas amigas y habíamos pedido para que nos trajesen a casa unos fabulosos Kebabs, el bocadillo turco que se ha incorporado en nuestra dieta y que tan común se ha vuelto a nuestro paladar.

Estábamos de guasa y cachondeo y se nos ocurrió que cuando llegase el repartidor le cantaríamos una canción para alegrarle la noche.

Estuvimos ensayando durante veinte minutos la canción, era lo que tardaría el repartidor en llegar. Cuando tocó al timbre salimos todas a recibir los Kebabs y alegrarle la noche al trabajador.

LOS TONTAINAS QUE SE CREEN GRACIOSOS

La sorpresa no fue tan divertida como pensábamos.

Los comercios que ofrecen estos fabulosos bocadillos normalmente los regentan personas que provienen de Pakistán que emigran a España en busca de nuevas oportunidades laborales para sacar a sus familias adelante que continúan residiendo en Pakistán.

Me acordé de Hugo Valenzuela y de “Pecunia Ex Machina” (Máquinas de hacer dinero), un texto que encontré muy interesante y que tuve que prepararme para hacer un examen en el cual expone las estrategias que los emigrantes de Pakistán adoptan en sus relaciones en Barcelona.

Al repartidor del fabuloso bocadillo no le hizo gracia que seis matados salieran a cantarle una canción para alegrarle el día.

Tal vez pensase en el siguiente reparto, o en que aún le quedaban seis horas para terminar la jornada laboral para dormir otras seis horas y tener que comenzar la nueva jornada de dieciocho horas.

LA CONEXIÓN A LA PANTALLA

Después de aquella anécdota que no fue tan divertida como pensábamos cenamos y seguimos cantando con la guitarra.

El guitarrista propuso una nueva canción pero, no nos sabíamos la letra y una amiga tuvo la fabulosa idea de sacar una foto de la letra con el smartphone y enviarla por «whatsapp» a nuestros smartphone.

¡Ahora todas teníamos la letra de la canción en nuestros móviles! Los seis asistentes a la reunión menos el guitarrista cogimos nuestros aparatos tecnológicos y nos pusimos a cantar.

La experiencia fue horrible.

De repente cantábamos mirando a nuestras pantallas.

Nuestras caras quedaban iluminadas por la maldita luz blanca.

La conexión grupal que teníamos ahora se convertía en una conexión con nuestro móvil, una conexión que nos individualizaba, nos sumergía y hacía que olvidásemos que estábamos cantando en grupo.

No nos mirábamos a las caras para ver la sonrisa, no había cruce de miradas, de esas de compenetración cuando estás haciendo algo en grupo y estás divirtiéndote.

Sólo estábamos centrados en la letra, en cantarla lo mejor posible.

De repente a uno le llego un mensaje, a otra una notificación de Facebook, otro empezó a hacer vídeos del momento y otra grabó la canción mientras cantaba para enviarla al grupo de amigos por «whatsapp».

Dejamos de cantar y cada una se puso a chatear, navegar o tontear con el móvil.

-¡Basta ya!- me entraron ganas de gritar,-¡guarden sus malditos smartphones!

NECESITAMOS DESCONECTAR DE LA PANTALLA

Yo observaba incrédulo esta situación. Todos hipnotizados con sus pantallas. Ahora era más interesante lo que ocurría en la  vida on-line que fuera de ella.

Estaba petrificado, me entraron ganas de estampar el móvil. ¿Qué ha pasado? ¿Porqué de buenas a primeras todas teníamos el smartphone en la mano ignorándonos mutuamente?

Se había perdido la conexión del grupo, ahora estaban conectadas, viviendo su vida on-line. El silencio me mataba, oía sonidos de notificaciones y a mis amigos callados, serios, iluminados.

Pasados unos diez minutos que para mi fueron eternos y alguien propuso jugar a un juego.

¡Bien!

¡Volvíamos a la des-conexión! Desconectar de la pantalla me producía alivio. 

Lo malo es que el juego que eligieron fue el Sing Star. Un juego de una videoconsola en el que tienes que cantar.

Estuvo divertido al principio, cantábamos, nos reíamos, nos picábamos para ver quien cataba mejor, parecía que socializábamos de nuevo entre nosotros. ¡No estaba mal! Pero…

LA PANTALLA NOS HACE SERES INDIVIDUALES

Una vez más la tecnología nos individualizó como grupo.

Ahora no prestábamos atención a como cantábamos sino a lo bien que lo hacíamos.

Hipnotizados de nuevo por la pantalla y con un micro en la mano que íbamos pasando entre nosotros, el juego resultó aburrido y todas las asistentes nos quedábamos embobadas mirando al televisor.

Se rompió de nuevo la conexión del grupo. Una vez más estábamos pendientes de la pantalla más que de nosotras mismas.

Gracias a la tecnología ahora el medio de comunicación cambia.

Dicen que seguimos socializándonos, comunicándonos entre nosotros y que lo único que cambia es el canal de comunicación.

Antes cuando no teníamos incorporados los medios tecnológicos en nuestro día a día la comunicación era diferente. Ahora ha cambiado pero, ¿cómo irá “tecnoevolucionando” nuestra comunicación?

No lo sé, pero me asusta pensarlo.

Dedicado a Nairobi una amiga que es reacia a la antropología y que sus críticas me inspiran para repensar que es esto de la antropología, para que sirve y en qué momento se encuentra como disciplina.

Gracias.

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