Mi peor pesadilla con las lupas antropológicas

No sé porqué el Antropólogo Principiante que llevo dentro quiere retornar de nuevo…

Parecía que iba a ser un día normalito. Sabía que tenía que superar mis miedos, una vez que los superase podría dejar de ser un tipo raro. Para ello tenía que dejarme las lupas antropológicas en casa, esas que te acompañan a todos lados una vez que te las pones.

Hace cuatro años era un cerdito feliz. No reflexionaba mucho, no era consciente de mi propio ser, era una máquina que se dirigía hacia el matadero. El shock que me produjo la antropología hizo que todo cambiase a mí alrededor. Ya te lo he contado en otras ocasiones sobre todo cuando necesitaba desintoxicarme de la antropología.

En anteriores post he podido comprobar gracias a esos lectores tan locos como yo, que una vez que las lupas antropológicas se incrustan o se incorporan en nosotras, como decía Bordieu,  ya no hay vuelta atrás.

PARA QUITARME LAS LUPAS ANTROPOLÓGICAS DECIDÍ NO ESTUDIAR ANTROPOLOGÍA.

Para poder quitarme las lupas me distancié de la academia.

Dejé un lapsus de tiempo en el que la antropología, lo que había aprendido de esta ciencia,  no me invadiese en mi día a día. Para ello puse en marcha una serie de prácticas no antropológicas.

No cogí ningún libro de antropología en cuatro meses, no fui a charlas antropológicas a las que acostumbraba ir, me encerré bajo mi propia ignorancia pensando que volvería a ser ese cerdito feliz que sólo se planteaba trabajar y consumir.

Aquel día era un paso, un paso hacia lo normal, quería volver a ser el de siempre y esta vez una niña de 14 años me podía ayudar a ser un “hombre” “normal”.

Las personas que me conocen siempre me miran con cara rara desde que empecé con esto de la antropología.

Ella, no entendía nada de antropología, ella sólo quería pasárselo bien y aquella tarde era la tarde de las dos.

Los planes eran pasarlo bien, pero todo acabó en una huida de aquel lugar que tanto me horrorizaba, pensaba que ya estaba preparado, que podía superarlo, que las lupas antropológicas ya no me afectarían.

Ella estaba muy emocionada,  yo también estaba encantado de pasar una tarde con una niña encantadora, mi sobrina.

EMPEZANDO LA PESADILLA Y MI CONFLICTO CON LOS NO LUGARES (SI ES QUE LO ERA)

El recorrido empezó bien. Entramos en aquel lugar y todo me parecía otro mundo. Había tantos colores y era todo tan estimulante que cualquiera que entrase allí se dejaría llevar como cual pastor maneja a sus ovejas, en este caso yo era la oveja pero gracias a las lupas, frenaron mi impulso de ser normal.

No pasa nada, respire, soy normal, aquí me lo paso bien, es todo muy guay y hay mucha gente.

Era increíble, fuera de aquel lugar las calles parecían desiertas, dentro de aquel lugar el albedrío era un bullicio constante.

Eran las cinco de la tarde. Tenía que prestar toda la atención en mi sobrina para que no me notase que me empezaba a agobiar.

-Me encanta este lugar – me decía con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo no podía decir lo mismo. Poco a poco iba creciendo mi atención hacía las personas que deambulaban por aquel lugar y decreciendo mi simpatía y disimulo por parecer que yo también me lo estaba pasando genial.

Desde que conocí la antropología observo a las personas de una manera peculiar, tan peculiar que hay veces que divago yo mismo sin ser consciente que fijo la mirada demasiado sobre los desconocidos propiciando a veces un cruce de miradas algo molesto por culpa de mi mirada fija.

En esta ocasión no tendría problema. Las personas de este lugar (o no lugar)  no se miraban entre sí, miraban las luces, los carteles coloridos, sus móviles que llevaban encendidos como si de una prolongación más de su cuerpo se tratase iluminando sus caras de felicidad momentánea.

Era extraño, era como si yo no existiera, yo iba mirando y viendo que hacía la gente, me sentía un antropólogo como aquellos que visitaban las melanesias con el gorrito de explorador,  intentando descifrar que tipo de convenciones se daban en aquel lugar.

Entramos en un habitáculo, la música sonaba, el olor era súper agradable, estaba todo tan ordenado que me daba pena de ver como las personas que no se miraban entre sí cogían objetos de los estantes, los manoseaban y los tiraban de nuevo, si se caía al suelo no importaba, que no lo recogían. Detrás de cada estropicio, iba una persona ordenando todo de nuevo.

Me fijé en las personas que ordenaban los objetos, no parecían muy felices, estas tampoco miraban a las demás personas. Sólo se dedicaban a recoger los objetos que los otros desordenaban.

Mi sobrina era una de ellas. Cogía los objetos con entusiasmo los miraba y los dejaba en su sitio, al menos ella no los tiraba, me dijo que le daba rabia que la gente fuera tan desconsiderada y desordenada.

Pensé en Marc Augé y en su teoría de los no lugares. La gente parecía que estaba de paso, no se relacionaban mucho entre ellos. Las personas podían ir solas o en grupo, cuando iban en grupo si se veía una relación entre ellas, dentro del grupo había interacción fuera de él, no. Bueno sí, porque lo más seguro es que la interacción la tuvieran con sus móviles en Facebook, Whatsapp o vete tú a saber, las pantallas incrementan el individualismo social.

Salimos de aquel lugar, parecía que salíamos de una discoteca, de pronto me acordé de Augé  y mi pensamiento sobre los no lugares que se contradice un poco con la teoría del colega Marc.

EL INTERCAMBIO Y ESOS OBJETOS INVISIBLES CONTROLADOS POR LAS MÁQUINAS

Cuando salimos, las máquinas hacían su labor de vigilancia. Ya no había personas que se encargaran de controlar a los humanos que deambulaban por aquel lugar. Había cámaras para controlar toda la marabunta que se avecinaba. Era un sitio protegido, la sensación de seguridad era ilusoria pero los de la cúpula se encargaban de que esa ilusión fuera real.

Había objetos pegados a los objetos de valor que te recordaban que si salías con un objeto sin antes hacer un intercambio, este objeto delataría que el intercambio no se había producido. Si no se producía el intercambio te delatarían estos objetos minúsculos, a veces invisibles y pasarías de ser una persona de total confianza a pasar una vergüenza de narices y además serías tachado momentáneamente de persona no grata en aquel lugar.

A la media hora se duplicó el número de personas que frecuentaban este lugar. Aún me quedaban por entrar en uno cuantos lugares más como el primero, lleno de objetos que por tener un precio ya tenían un valor, pero a la gente eso de poco le importaba. La gente quería el mejor objeto y al mejor precio, aunque luego cada uno racionalizaba sobre ese precio y le ponía su propio valor, si resultaba que era un tanto caro pues pasaban de él pero, ¿quién se resistía a no cogerlo con todo ese ambiente que te animaba a ello?

INTENTANDO SER NORMAL EN AMBIENTE EXTRAÑO

Mierda, toda esa gente se comportaba de forma extraña ante mis ojos. Veía a mi sobrina que ella se comportaba igual que los demás,  mi misión de ser normal se iba al traste. La lupa antropológica empezaba a hacer efecto ante aquella cosmovisión.

Entramos en unos cuantos lugares más de estos con música, olor agradable y llenos de objetos que si los querías los tenías que pagar.

-No puedo más – le dije a mi sobrina.

-Una más y nos vamos- me respondió.

Acepté a regañadientes.

No había logrado estar más de 15 minutos sin agobiarme al mirar aquel estropicio de convención cultural en la cual las personas no se miraban ni a la cara, sólo miraban objetos, olvidándose de que a la vez estaban siendo controladas por máquinas para que el rebaño se mantuviera en la senda del orden.

EL DESCUBRIMIENTO DE LA POSESIÓN

Por fin llegó el momento de irnos, lo que iba a ser una tarde estupenda con mi sobrina se convirtió en un infierno.

El número de personas se cuadruplicó, no cabía ni una persona más. El sonido de las máquinas era cada vez más estruendoso, no paraban de pitar, la gente no paraba de llegar, era como una avalancha de cabezas con cosas en las manos, cada vez que pasaba más tiempo allí aparecían más personas con más cosas en las manos, objetos que iban adquiriendo en los habitáculos de olor agradable.

De buenas a primeras entendí por qué había tanta gente, más de lo normal, parecían como posesos en busca de objetos, la  posesión, se habían apoderado de esas almas, ¿pero quién era el causante de tal infierno?

Parto de mi propia convención cultural en la que las posesiones son producidas por un ente maligno, ya sabemos que en muchas otras culturas las posesiones son necesarias y restablecen el orden de un proceso social dado.

Oh dios, me encontraba ante un ritual poseso de personas que no paraban de desear cosas, para poseerlas sin importar lo que había alrededor, sólo les importaba el precio, la oferta.

-Una más porfi –  me decía mi sobrina de 14 años que buscaba un objeto a toda costa.

-No, no aguanto más – le decía indicándole que ya nos íbamos.

– Porfi…

Cualquiera le decía que no, ya se sabe que a las sobrinas se las consienten y más cuando no comprenden lo que le dice su tío que habla raro y le dice que no se deje llevar.

Volvimos a caminar por aquel rebaño de personas, y me di cuenta de que era lo que producía tal posesión que hacía que aquel lugar estuviera lleno de gente concentrada y que en las calles no hubiera ni un alma.

LA PESADILLA DE LO “NORMAL”

Me pareció curioso no haberme fijado antes, cuando lo descubrí entendí muchas cosas.

Estaba por todos lados, en cada habitáculo, en la puerta de los baños, impreso en papeles que estaban tirados en el suelo, en pantallas de plasma, en carteles publicitarios, que agobio, estaba en todos lados y eso hacía que la gente actuara impulsivamente, sin mirarse entre ellos, cogiendo cosas y tirándolas, cargándose como mulas con bolsas en las manos, riendo, siendo felices aparentemente a cuantas más bolsas tenían en sus manos y sobre todo esa carencia de raciocinio normal, pero quien soy yo para decir que razón es la correcta.

Para ellos mi raciocinio sería el anormal y el que prima es el raciocinio económico de la compra compulsiva implantada por campañas de marketing que divulgan los medios de información en busca de la mayor venta prenavideña para que el consumo no decaiga, el mercado se mantenga y siga habiendo tantas desigualdades que este sistema  produce por culpa de unas personas que se dejan guiar como rebaños porque las han apodado como el targed perfecto y parece que lo llevan a rajatabla gracias a un sistema educativo que cria-educa a ovejas en vez de a personas.

Era tan fuerte, que aquello que proporcionó toda esta marabunta de ovejas en busca de su mejor pasto, tan sólo se componía de dos palabras.

BLACK FRIDAY

Y menudo viernes negro que me dieron…

black-friday-antropologia

Ya es el segundo año que me pasa algo parecido y es que cuando llega el Black Friday me pongo negro. 

No sé si el Black Friday resucitará este blog…

Un abrazo antropocompis 🙂

2 thoughts on “Mi peor pesadilla con las lupas antropológicas

  1. Javier Contestar

    Me alegro de tu regreso. Tus experiencias nos sirven a verdaderos principiantes en esta apasionante locura que es intentar entender al hombre.

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