LA ANTROPOLOGÍA Y MI DE-CONSTRUCCIÓN

Muy buenas, al habla el Ex Antropólogo Principiante.

Se me hace raro escribir después de tantos parones que he ido teniendo a lo largo del tiempo.

El caso es que el otro día recibí un mensaje en uno de los tantos grupos de whatsapp que hoy en día tenemos, en este caso era del grupo de estudiantes de antropología en la Uned, en el cual apenas participo porque estoy súper desconectado de la antropología.

En el mensaje, un compañero de carrera anunciaba que ya había terminado el grado y que estaba a la espera de recibir el título de graduado en antropología social y cultural.

Me alegré mogollón por él. Aún recuerdo cuando íbamos a la par con las asignaturas del grado y nos juntábamos en las clases o en los exámenes para ponernos más nerviosos con las posibles preguntas que podían caer.

“Sí, se puede”, decía en uno de sus mensajes tras ver los diferentes mensajes de enhorabuena que recibía por el grupo.

Y si, se puede, claro que sí.

¿Voy a retomar los estudios de antropología?

Como sabéis, apalanque el grado a un lado hace dos años ya como te conté en mi año sabático porque estaba agobiado y no veía futuro.

Empezar a estudiar antropología a los 28 años, con un trabajo fijo que no te llena y dedicando tu tiempo libre a los estudios y a este blog sin tener más tiempo para nada más, hizo que terminara dejando la antropología, un año después mi trabajo fijo y finalmente que fuera dejando este blog apalancado.

Cuando comencé a conocer esta ciencia me dio por creerme que era antropólogo, imaginándome en lugares recónditos estudiando culturas nuevas, relacionándome con los actores en el campo, aprendiendo nuevos códigos culturales y un largo etcétera que hacían en mi imaginario recrear una película en la que me veía como un famoso antropólogo dando charlas, enseñando en la universidad y descubriendo teorías nuevas que revolucionarían el panorama científico social.

Topetazo con la realidad.

Fantasear nunca está mal, lo malo es cuando te alejas de la realidad. Por aquel entonces como he dicho antes, tenía un trabajo de esos que te ocupan 36 horas semanales, este trabajo nada tenía que ver con la antropología ni con ninguna ciencia social.

Estudiar en la Uned, una universidad a distancia, era la mejor opción que tenía ya que trabajando me era imposible asistir a las clases en una universidad presencial.

De mi fantasía de verme como un antropólogo erudito, leyendo antropología sin ton ni son, escribiendo en este blog lo que me rondaba por la cabeza y descubriendo un mundo nuevo y antropológico para mí, pasé a olvidar la antropología, aborrecerla y no querer saber nada más de ella.

¿La crisis antropológica ha llegado a su fin?

En mi primer año sabático dejé a un lado el grado de antropología, esto sucedió en el 2016-2017.

En este año sabático iba leyendo artículos de antropología, me enganché a nuevos autores que no conocía e iba escribiendo algunos artículos en el blog para no estar del todo desconectado de la antropología.

En mi segundo año sabático, 2017-2018, ya casi ni me acuerdo de la antropología, me he quitado las lupas antropológicas para ver la realidad desde otra perspectiva que no sea holística ni cuestionable a todo lo que me rodea.

Me explico…

La deconstrucción antropológica de mi propio ser.

Esto de poner una “DE” al principio de una palabra está muy de moda y sobre todo en la antropología.

Mi deconstrucción antropológica de mi propio ser en resumidas cuentas lo puedo contar en una frase.

“Estudiar antropología me estaba volviendo loco”

Sí, y no exagero.

Creo que algo loco ya estaba antes del contacto con la antropología, pero cuando me topé con ella, me volví tarumba y no es la primera vez que lo explico aquí.

Mi frase favorita para describir lo que me sucedió con el contacto con la antropología fue,

“Dejé de ser un cerdo feliz para convertirme en un amargado”

Creo que la antropología me llevó a un estado de depresión. Antes no me cuestionaba para quien trabajaba, mis relaciones de parentesco ni mi forma de consumir en nuestro querido planeta.

Mi “yo”, cerdo feliz, se centraba en trabajar, pagar letras, que si el coche, el alquiler, etc…

Me conformaba con unos cuantos días de vacaciones al año a cambio de estar “medio explotado” haciendo un trabajo que no me gustaba, sin cuestionarme las relaciones de poder que ostentaban en mi jerarquía laboral.

Me dejaba llevar por las fiestas socio culturales que se daban en mi entorno cultural, que si los cumpleaños, las bodas, la navidad, el día de los enamorados, consumiendo como un loco sin tener apenas dinero a cambio de un grato momento de felicidad tras haber consumido en un gran centro comercial, como cual mojigato que se deja llevar por las estructuras económicas en las que yo, el cerdo feliz, tenía que trabajar en la cuadra mientras los de arriba tenían que seguir alimentándome a cambio de un salario mísero.

Antes del contacto con la antropología no me planteaba nada de esto, ni siquiera que la educación que había recibido en la escuela estaba orientada a convertirme en un cerdo feliz, ni que mi estatus social pertenecía a la clase obrera y ni siquiera que existía la consciencia social.

Mi destino estaba marcado por una estructura social en la que era difícilmente ascender en mi posición social, hasta que aprobé una plaza como funcionario, a la que años más tarde dejé a un lado por chocar con mis principios antropológicos.

Mis principios antropológicos, de cerdo feliz a cerdo amargado.

Esto de los principios antropológicos me lo acabo de sacar de la manga.

En verdad nunca tuve principios antropológicos hasta que empecé a estudiar antropología.

Esto de los principios nada tiene que ver con la ética profesional ni el código deontológico de la antropología, ni tampoco con la antropología, pero queda bien.

Esto de los principios, viene dado por la consciencia social que adquirí cuando me topé con la antropología.

Cuando era cerdo feliz mi individualismo era tan elevado que solo me importaba yo, llegar fin de mes con mi sueldo “digno” para consumir lo que me diera la gana cuándo llegarán las rebajas y poder disfrutar la vida consumiendo en bodas, cumpleaños y demás festividades, cuando lo que realmente me estaba consumiendo era el consumo a mí, llevar un tipo de vida que no me apasionaba a cambio de poder consumir más y más. El sistema empezó a descuadrarse en mi mapa mental.

Cuando estudié teoría sociológica, antropología económica o tras leer a Carl Marx, pasé a ser un cerdo amargado.

Esa consciencia social vino dada por el impacto que me produjo algunas teorías en las que el ser humano en las sociedades más avanzadas se había convertido en un objeto más de consumo al que explotar a través de una estructura social y cultural en la que se le educaba para ello, era como un cerdo en el ganado al que no había que enseñarle a cuestionarse nada.

A los cerdos de granja ya sabemos lo que les hacen, los ceban, los meten en cuadras, y luego los matan para ser consumidos.

Así me sentía yo, un cerdo feliz, que trabajaba en una cuadra que me iba matando poco a poco por trabajar en algo que no me gustaba y que consumía por dentro mi energía para terminar siendo un escombro al que la sociedad luego expulsaría por no rendir económicamente.

Tras el impacto que me produjo la lectura de algunas teorías sociales, pasé de cerdo feliz a cerdo amargado en el que odiaba todo cuanto veía a mi alrededor que estuviera relacionado con el consumo, el trabajo o la cadena social en la que me veía inmerso.

Mis principios antropológicos me impedían seguir con mi vida actual, trabajando como un cerdo feliz, consumiendo y estudiando antropología.

¿Es posible salir del sistema?

Entiéndase por sistema aquel teatro montado, encadenado y entrecruzado que se recrea ante tus ojos y forma parte de una realidad mayoritaria por conjunciones y ecuaciones políticas, económicas y religiosas.

Estudiar diferentes sistemas socio culturales donde las personas se relacionan y ver como la “globalización” cada día que pasa hace más estragos cargándose culturas que ya no existen y dejarán de existir, hizo replantearme si era posible salir del sistema.

La conclusión a la que llegué fue que era posible, o me unía a algún grupo de personas que no creían en este sistema y luchaba por una causa que creyera justa o me iba de ermitaño al campo a vivir aislado de la sociedad.

Ni una cosa ni la otra sucedió.

Ni me he vuelto “antisistema” ni me he ido de ermitaño.

Una vez más el individualismo social y tecnológico me aísla de las diferentes realidades que hacen que mi de-construcción siga su curso hacia quien sabe dónde.

No me veo, como antropólogo, ni ermitaño y ya he dejado de ser un cerdo amargado y feliz.

Ahora sé que no soy nada. Sin trabajo, sin estudios, con posible riesgo de exclusión social si no me pongo las pilas para buscar algo que me de comer, con un blog de antropología y muchos proyectos por delante.

Si te cuento todo esto es porque me apetecía escribirlo ya que este blog para mi sirve como terapia psicológica para explayarme y volcar toda mi mierda interior.

Lo que experimenté estudiando antropología fue chocante al cuestionarme asuntos que antes ni me cuestionaba, hacer crítica de lo que veían mis ojos en un mundo ilusorio que me habían creado para lograr el objetivo de ser feliz como me habían contado que tenía que ser feliz, el famoso “sueño americano” inexistente.

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