Un antropólogo invisible en el Bingo

En mis intentos de ser una persona “normal” y no un antropólogo invisible, que hace cosas “normales” para relacionarse con las demás personas y no parecer un ermitaño cibernético que se pasa los días en su casa escribiendo y creando blogs, decidí ir al bingo.

Tengo dos amigos que les gusta ir de vez en cuando a jugar unos “cartoncitos” al bingo. Muchas veces me han invitado y amablemente he desestimado la invitación porque no es que me atraiga mucho esto de gastarte una pasta tachando números en un ambiente un tanto peculiar.

Como ya he dicho antes, intento parecer “normal”, quitarme el yugo del antropólogo principiante que me acompaña y dejar a un lado la mirada antropológica.

Explico esto con detenimiento.

¿Qué significa ser normal y no un antropólogo extraño?

Si eres lectora o lector asiduo a este blog conocerás que mi relación con la antropología que fue del amor al odio y del odio al amor y así fluctúo con esta ciencia que no me deja ser normal.

En un artículo que escribí, hacía alusiones a lo que siento con la antropología, cuando me despedí de ella, o más bien me despedí del programa educativo universitario que hizo que la aborreciera, en la carta de amor a mi amada antropología en la que cuento  mi desconexión antropológica.

Cuando retomé el blog publiqué un artículo que se titulaba la antropología hace extraño al antropólogo  en el que cuento mi experiencia de como la antropología cambia la forma de ver el mundo y hace extraño al antropólogo.

He de decir, que todo lo que te cuento no es un paradigma que asola a los antropólogos, es mi propio paradigma vivido en estos años de relación de la antropología con mi propio ser.

La antropología me ha llevado a situaciones de reflexión en mí día a día que antes ni me planteaba. La cabeza parece que te va a estallar con tanta reflexión y mirada holística que al final hace que no estés en ninguna parte y te vuelvas un antropólogo invisible.

¿La antropología hace al antropólogo invisible?

Esto de no estar en ninguna parte es un poco lo que vivo en mí día a día. Parece que no me puedo relajar y observo a las personas juzgando su propia realidad.

(Otro día me gustaría ver sobre los enjuiciamientos en el trabajo de campo)

Esta observación en lugares cotidianos en los que frecuento, hace que me evada, me meta en mi mente y me olvide de la gente que tengo alrededor.

Cuando me evado para observar lo que ven mis ojos e intentar conocer el por qué de las cosas es cuando me hacen la pregunta,

-¿Estás bien? Te noto un poco ausente.

Esta pregunta la he oído en los últimos años desde que empecé con la antropología bastantes veces,  que me sienta hasta mal cuando me la preguntan.

Muchas veces me quedo embobado mirando a las personas, lo que hacen, como se relacionan, cual habrá sido su historia, porqué hacen lo que hacen…

Hay veces que me quedo tan pillado y metido en mi mundo de pensamiento que la pregunta “¿estás bien?” Me interrumpe de mi “paranoia antropológica”.  

El hacerme un antropólogo invisible significa un poco lo que me pasó en el bingo.

Pero no sólo me hago invisible en el bingo, también en las comidas familiares (últimamente no tanto), en los momentos de ocio, cuando voy a comprar, cuando voy al gimnasio o las fábricas del capital erótico como yo suelo llamar al gimnasio.

¡Basta ya! ¡No quiero ser más un antropólogo invisible!

Soy el antropólogo invisible que está todo el día juzgando a los demás detrás de la mirada holística y respaldándome en ella como si mis reflexiones valieran para algo.

El bingo y el antropólogo invisible. 

¿Vamos al bingo?

Cuando entré en aquel lugar intenté no pensar demasiado, no ausentarme mucho y pensar como mi yo de antes, ese que no se cuestionaba nada y que solo pensaba en vivir la vida.

La primera impresión que me dio aquel lugar fue de lugar frío con almas errantes buscando su “pedacito” de pastel económico a base de ruletas y máquinas que no hacían nada más que pitar.

En la entrada había una persona que recibía a los nuevos jugadores, te pedían el documento de identidad para tenerte registrado, ya que los bingos están regulados por normativas estatales que no conozco muy bien en las que te exigen la identificación para entrar. Supongo que es por si te llevas una pasta de dinero lo tengas que declarar, al final la banca gana, el bingo gana, y el Estado gana. Yo perdí obviamente.

En verdad no quería mirar a ningún lado, mis perjuicios sobre lo económico y el dinero nada más entrar en aquel lugar hicieron que cerrase los ojos, me dejara llevar y que me entrase el arrebato de ganar dinero a lo loco, de ser mi noche de suerte y cantar muchos bingos.

No pude.

Antes de entrar a la sala de bingo, en la sala de recepción, había personas jugando a las tragaperras, esas máquinas que ahora son todas digitales.

El ambiente que se respiraba era un tanto extraño para mí, no estaba acostumbrado a entrar en esos lugares. Las personas estaban con cubos llenos de monedas jugando a estas máquinas. Era un lugar perfecto para hacer una etnografía ya que mi capacidad de extrañamiento en el campo era del 100%.

Me sorprendió ver a una mujer con uno de estos cubos de dinero en la que introducía monedas cada vez más rápido, me sorprendió el ver que en la máquina aparecía un cartelito que ponía reservada.

¿Acaso se reservan las máquinas tragaperras? ¿Por qué esa mujer tenía reservada la máquina tragaperras? ¿Existe el fetichismo hacia las máquinas tragaperras?

Fueron preguntas que no tuvieron solución porque la gente con la que iba no supo responderme, al hacer esas preguntas ya empezaba a ser rarito.

La entrada a la sala del bingo. 

Al ver aquella recepción llena de máquinas y de una ruleta inmensa con una bola que no paraba de dar vueltas mi sensación no fue del todo buena y mis perjuicios empezaban a salir.

Me encontraba en un lugar donde el dinero es el principal objetivo y motivo emocional que llevan a aquellas personas a pasar el tiempo allí.

Yo iba dispuesto a ganar, pero no gané nada, tal vez por falta de visualización o porque se me olvidó en más de una ocasión tachar los números que cantaban porque me quedaba embobado viendo el ambiente de aquel lugar.

Cuando entramos me impresionó ver la cantidad de gente que había en aquella sala. Era domingo por la noche y supongo que los domingos son buenos días para ir a jugar.

He de decir que iba con una experta en el bingo, que no es que haya jugado mucho que yo sepa, pero pude entrever que pudiera existir una tradición “binguera” en su familia.

He de decir que cuando entré me sentí como en Las Vegas. Habría más de 50 mesas y en cada una de ellas habría entre 6 y 8 asientos.

Casi todas estaban llenas menos unas diez que por alguna razón que desconozco no estaban ocupadas. Pude comprobar que casi todas las mesas estaban ocupadas por gente que rondaba entre los 50 años. Había muy poca gente de menor edad, se dice vulgarmente que en los bingos “hay muchas viejas”.

Las mesas estaban ocupadas y nos fuimos a sentar al lado de una mujer de más de 50 años aparentemente, estaba sola con sus cartones y con un cigarro en la boca.

¿Se puede fumar en el bingo? Fue mi primera pregunta que al rato pude comprobar que no, porque había una sala para fumadores llamada “club privado de fumadores” en un cartel rojo que desde que entré no hacía más que picarme la curiosidad por entrar a dicho club.

Hice muchas preguntas a mis amigos para saber cómo funciona el juego hasta me hice un poco pesado y la mujer mayor me miraba con cara de “menudo gilipollas que ha venido  a tocarme las narices” ya que estábamos en la misma mesa.

Pusimos un monto de dinero para jugar entre los cuatro que íbamos. Nuestro presupuesto era de 20 euros por persona, un total de 80 euros que a 2 euros el cartón tocábamos a 10 partidas cada uno. Que se resumía en aproximadamente unos 40 minutos jugando al bingo.

Que empiece el juego acelerado. 

En el bingo trabajaban personas.

Dentro de poco el bingo online acabará con los bingos de sala, pero bueno eso es otro tema. Había camareros, la mujer que cantaba las bolas y las que recogían el dinero entregando cartones.

Menudo estrés tenían que padecer. Iban corriendo y cuando digo corriendo es corriendo de un lado a otro porque el bingo no entiende de tiempo, es una maquina de generar dinero en la que el tiempo es oro. l

Me impresionó la mujer que recogía el dinero para cambiarlo por cartones,  no pasaba más de cinco segundos en cada mesa, como mucho diez segundos, recogiendo dinero a cambio de cartones.

-¿Cuántos cartones?

Era lo único que decía, cogía el dinero, entregaba los cartones y a la siguiente mesa. Al parecer tenía que haber un tiempo máximo para repartir los cartones y hacer la recolecta para que empezará el bingo.

Cuando el bingo empezaba tenían que estar todos los cartones vendidos, no era al revés, que cuando todos los cartones estuvieran vendidos empezaba el bingo.

Más de una vez, aquella mujer tropezó, y lo que más me impresionó es que corría, sí corría. Corría mucho cuando el bingo estaba a punto de empezar y no estaban los cartones vendidos. Corría más aún cuando alguien desde la otra punta de la sala la reclamaba diciendo que quería un cartón.

Lo peor de todo es que el uniforme que llevaban no era el más idóneo para hacer deporte porque esta mujer estaba trabajando y corriendo la maratón del bingo que no entendía de tiempos.

Era todo muy autómata. Se repartían los cartones, se cantaban las bolas, alguien decía línea, luego bingo, se cobraba el bingo, se repartían los cartones y otra vez igual y la mujer corre que te corre.

No daban respiro entre bingo y bingo, apenas pude hablar con las personas con las que fui a jugar. Entre bingo y bingo comentábamos las jugadas, yo intentaba preguntas mis dudas referentes al juego que a simple vista es sencillo, pero luego había unos bingos especiales, unas bolas que también daban premios, toda una regla del juego que preguntaba a mi amiga y no daba tiempo a responderme por lo rápido que iba todo.

Que si la bola máxima, el número con estrella, la prima, el bingo autonómico…

-¿Te pasa algo? ¿Por qué miras tan descaradamente a la camarera?

Esa fue la pregunta que de nuevo me hacía invisible, observaba lo que veía entre tachón y tachón ausentándome del grupo con el que había ido a jugar al bingo.

En más de una ocasión me pasa esto y me hacen esta pregunta de en plan…

-¿Está muy callado te pasa algo?

-Hola ¿estás aquí?

-Te noto ausente, ¿estás bien?

El pensamiento antropológico me hace invisible y me vuelvo un antropólogo invisible. 

Una vez más, el observar lo que acontecía en aquel lugar que me parecía un tanto morboso y a la vez maquiavélico, hizo que me desconectara del grupo con el que iba y del bingo y me metiera en mi proceso de observar a las personas y lo que sucedía allí.

(Joder, cuando no conocía la antropología esto no me pasaba).

En dos ocasiones anteriores, hace ya bastantes años fui al bingo, aquella vez no me fijaba ni en cómo iban vestidas las camareras, ni en la gente que frecuentaba el lugar, ni en nada de nada.

Ahora con la mirada antropológica me extraño, me hago extraño y me vuelvo extraño hasta el punto de evadirme tanto que me hago invisible.

El bingo, un juego capitalista en el que la suerte juega un papel fundamental y yo dejé mi suerte a un lado para mirar con la lupa antropológica.

Intenté descubrir si había algún truco para que te tocase el bingo,  pero como todo pasaba tan deprisa no pude saber que truco había detrás del bingo.

Me evadí tanto que sólo hacía que mirar a las camareras, a la que cantaba el bingo y a las personas que había a mi alrededor.

Me lo pasé bien, pero luego la reflexión es dura de digerir.

Y no, no voy a contar mi reflexión aquí.

Muchas veces me doy cuenta de que mis propias reflexiones están basadas en mis propios perjuicios.

Los perjuicios son aquellos en los que nos gustaría que las cosas fueran de otra manera y no nos dejan ver otras realidades.

Cuando tienes perjuicios como me pasó en el bingo, al final te das cuenta que no estás aplicando la mirada antropológica ni nada por el estilo, de que son perjuicios simple y llanamente y con los perjuicios no se hace etnografía ni antropología.

Por lo tanto la lección de este artículo y reflexión de mi propias formas de ver lo cotidiano se resumen en que aplico los perjuicios siempre a todo lo que veo y eso hace que me haga invisible, me evada y no disfrute, así que toca librarse de los perjuicios.

Intentaré, si voy otra vez, no evadirme mirando todo lo que me rodea.

De vez en cuando me gusta leer el blog de Una antropóloga en la Luna por si te quieres pasar.

 

 

 

 

 

3 thoughts on “Un antropólogo invisible en el Bingo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *